¿Podemos terminar con nuestra opresión?

La lucha de las mujeres con­tra todas las discriminacio­nes y violencias que sufrimos avanza día a día. En ese camino nos preguntamos si es posible una salida definitiva a todos los problemas que vivimos.

8-de-marzo (1)Sin duda hemos dado grandes pasos en el reconocimiento de la igualdad entre varones y mujeres. Y aunque la subordinación que sufrimos por pertenecer al género femenino data de miles de años atrás, recién en el siglo 20 logramos avances significativos: por ejemplo, apenas en 1951 las mujeres pudimos votar por primera vez en Argentina, fue en 1985 cuando se reconoció la patria potestad compartida de los hijos, en 1991 se estableció el 30% de cupo femenino en los cargos electivos y recién en 2013 se incorporó la figura de femicidio al código penal reconociendo a la violencia de género como un agravante de las penas.

Sin embargo, las deudas pendientes son muchas. Todavía no alcanzamos la igualdad real: seguimos cobrando menos que los varones por igual trabajo, las tareas domésticas son prácticamente una responsabilidad exclusivamente nuestra, no hemos logrado el goce pleno de nuestros derechos sexuales y reproductivos, y se agravaron todos los problemas vinculados a la violencia de género. En este país siguen matando a una de nosotras cada 32 horas.

La potencia con la que crece el movimiento de mujeres, de la mano de las luchas populares van mostrando otro camino posible. Particularmente en Argentina, la realización sostenida durante 31 años de los Encuentros Nacionales de Mujeres –que crecen año a año- es una muestra irrefutable de la potencia de ese movimiento. Esto, sumado a socialistas que permitieron grandes avances para nuestro género, nos permite afirmar que es posible romper con todas las cadenas que nos oprimen.

EL ORIGEN

El marxismo nos enseña que el surgimiento de la opresión de las mujeres se dio de la mano del surgimiento de la propiedad privada y la división de la sociedad en clases. Antes, en las sociedades primitivas -en las que predominaban la recolección de raíces y frutos, la caza y la pesca- pequeñas colectividades agrupadas por lazos de parentesco cooperaban entre sí para garantizar la supervivencia. La división de tareas se daba por aptitudes, por edad, o por sexo, y no implicaba opresión alguna. Todos trabajaban y cada uno disponía de los instrumentos de producción, utensilios y armas que elaboraba y usaba. Nadie vivía a costa del trabajo ajeno.

En esta primitiva sociedad comunista, no había clases sociales, ni Estado. Pero todo cambió a partir de una nueva división del trabajo. Tras la diferenciación entre pueblos agrícolas y pastores, el desarrollo del comercio, la provisión y variedad de alimentos fue asegurada y la población creció significativamente. Los progresos técnicos posteriores permitieron la acumulación de ese  excedente de alimentos.

Se desarrollaron las tareas de administración, y así la división entre el trabajo manual e intelectual, siendo una mayoría la que seguía produciendo y una minoría la que administraba. Las familias, que antes eran grupales, pasaron a ser monogámicas (varón, mujer e hijos). Con el tiempo, los sectores dirigentes se fueron apropiando de las tierras y los bienes de la comunidad. Creció la desigualdad entre familias ricas y pobres y, en un largo proceso, se fue disolviendo el régimen de propiedad colectiva y pasando a la propiedad privada de los medios de producción.

Con el tiempo, fue decayendo la autoridad, el respeto y la libertad que las mujeres habían tenido en la familia y la sociedad hasta entonces. Los hombres pasaron a ocupar un lugar preponderante también en la casa, pero el trabajo doméstico recayó exclusivamente sobre nuestras espaldas. La filiación que antes era por vía materna, pasó a ser por vía paterna consolidando la autoridad masculina. Así nació la subordinación y opresión social de las mujeres. Fue un procesos de miles de años en los que la división entre trabajo manual e intelectual, entre el campo y la ciudad y entre la mujer y el hombre, junto a la propiedad privada y el patriarcado, agudizaron las diferencias sociales. La religión, la costumbre y, cada vez más la fuerza, fueron reforzando esas diferencias presentándolas como naturales.

LA DOBLE OPRESIÓN

niunamenoscotidiano (1)En la Argentina, la mayoría de las mujeres sufrimos una doble opresión: de clase, por ser parte del pueblo en un país dependiente; y de género, como mujeres. Hemos protagonizado, junto al pueblo trabajador, importantes luchas populares contra esta opresión. Las mujeres de los pueblos originarios sufren además la discriminación y opresión en razón de su etnia. Históricamente, nuestro lugar fue el del cuidado de la familia, crianza de los hijos y mantenimiento del hogar. Pero nuestra incorporación masiva al mundo del trabajo –principalmente a partir de las guerras mundiales- creó mejores condiciones para nuestra independencia económica, y para una participación activa y masiva en la lucha social. Fuimos avanzando en nuestra conciencia de clase y de género.

Comprender que sufrimos una doble opresión, y cuál es el origen de la misma, es fundamental para buscar los caminos para avanzar. Así es que vamos dando pasos, avanzando en discutir nuestro rol subordinado y conquistando derechos, pero nuestra liberación cómo mujeres, no será posible si no va de la mano de la liberación del conjunto del pueblo. Algo que sólo será posible con la revolución de liberación nacional y social que ponga fin a todas las cadenas que nos oprimen.

UNA POLÉMICA NECESARIA

Con el avance de la toma de conciencia de nuestra opresión específica, fueron creciendo y desarrollándose los movimientos de mujeres y feministas. Así fueron desarrollándose también diferentes líneas de cómo abordar el debate. Hay que decir que nuestra discriminación genera contradicciones en el seno del pueblo, muchas veces son nuestros propios compañeros de clase los que nos violentan. Hay quienes usan esa contradicción para dividir y enfrentar al pueblo, poniendo en el blanco a los hombres. Polemizar con esa línea, no significa dejar de luchar contra la violencia que ejercen los varones o por cárcel a los femicidias, sino tener en claro que se trata de una problemática social.
Algo similar sucede con la Iglesia. Muchas veces se pone el blanco en las mujeres que profesan alguna religión, o se le pega a la Iglesia como si fuera un bloque, sin tener en cuenta las contradicciones que hay en si misma. No son los mismos los curas violadores, que el Padre Mujica y tantos otros que enfrentaron el terrorismo de Estado. Esto no quiere decir tampoco no cuestionar las ideas atrasadas o retrógradas de un sector de la iglesia, sino tener en cuenta a las masas católicas y los caminos que necesitan hacer para ir rompiendo con esas ideas.
Necesitamos unir y cuestionar las desigualdades, poner en crisis nuestros propios valores y prácticas machistas para avanzar en cambiarlas, pero teniendo en cuenta que para poder triunfar necesitamos de todas y todos.

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